Todos los que hemos tenido la oportunidad de estudiar, sabemos muy bien cómo funciona un centro escolar a parte de asistir todos los días y cumplir con lo que debería ser nuestras obligaciones.
Sabemos que estamos ahí para aprender, pero al igual que los profesores, esos que intentan ayudarnos a ampliar nuestros conocimientos, unas veces interesantes otras quizás no tanto, siempre se ha dividido en dos partes, o al menos a mí me dio esa sensación.
No todo es estudiar en un lugar donde te pasas año tras año acudiendo con cientos de personas distintas, con diferentes maneras de pensar, diferentes personalidades, al igual que no todos vienen con una misma educación desde sus hogares. Y de repente te ves rodeado tanto de conocidos como de extraños.
En cada centro escolar, tienen sus reglas de convivencia, pero no es tan fácil para el alumno aprenderse todas esas reglas si además tienes que cumplir las leyes que existen por los propios alumnos.
No todo el mundo tiene la misma rapidez en aprendizaje, no todo el mundo tiene la misma popularidad porque un 'listo de turno' que decidió en un momento que le vino bien, escoger que el otro compañero fuera todo lo contrario, 'el marginado' o 'el rarito'. Es difícil aprender o concentrarse en una asignatura, procesar lo que te están contando durante lo que dura una clase, cuando quizás estás pensando en cómo vas a esquivar los golpes que te esperarán a la salida a manos del 'matón' de la clase, que por una torpeza absurda como otra cualquiera, le pisaste sin querer, y después de tu "lo siento" solo recibiste como respuesta "te voy a machacar, espérame a la salida".
Está claro que en un colegio o en un instituto, no solo es ir a aprender y estudiar, si no que también aprender a convivir con todos los alumnos que aparentemente todos van a lo mismo, y realmente resulta luego ser tan diferente.
La edad de la ira, es uno de esos libros que mientras lo estás leyendo, o una de dos, te suena todo muy de cerca, hasta llegas a asignarte en uno de sus pupitres, o te quedas parado incluso congelado, en cómo tan poco tiempo ha podido cambiar tanto un lugar donde uno iba a sentarse delante de una pizarra a aprender. .
Su autor, Fernando J.López, nos abre las puertas del IES Rubén Darío a través de sus cerca 320 páginas, en forma de novela, donde conoceremos la historia de Santiago, un periodista y ex alumno del Ruben Darío, que necesita para su próximo trabajo, investigar a fondo sobre la vida de Marcos. Un alumno del centro que ha sido condenado por cometer supuestamente un crimen atroz. A través de amigos, compañeros, profesores, familiares, Santiago intentará por todos los medios averiguar todo lo sucedido, dejando ver la situación actual en las aulas, los peligros y entre ellos, los de las redes sociales, el amor entre adolescentes, los botellones, el bullying o la homosexualidad.
Un libro que aparte de interesante, os recomiendo que leáis, puesto si estudias o has estudiado, eres o no profesor, padre, madre o trabajas en un centro escolar, llegarás a sentirte uno más del IES Rubén Darío, conociendo quizás temas que pasan con total invisibilidad y que todo adolescente desempeña cuando nadie les vigila, muchas veces positivo pero otras pueden resultar algo peligroso.
El Barcelonés Fernando J.López, nos muestra con La edad de la ira, un claro ejemplo de la puta realidad.
SINOPSIS - A partir del drama desencadenado por Marcos, un chaval de dieciséis
años, que hace correr ríos de tinta en todos los medios, un periodista
inicia una investigación en el instituto donde estudiaba el chico. A
través de los testimonios de profesores y compañeros, el lector irá
descubriendo las razones de la aparente locura de Marcos. Impactante,
con afán polémico y mucha inteligencia, Fernando J. López ofrece una
versión veraz y poco complaciente de la vida en las aulas, un mundo con
reglas propias y donde los adolescentes pasan buena parte del día,
volcando sus ansias de vivir, sus contradicciones y sus frustraciones y
donde, sin que los adultos encargados de su educación se den cuenta,
estallan conflictos de consecuencias catastróficas.
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